Escudos y banderas.

Escudos y banderas.

 

Casi cuento con los dedos de una mano las veces que nos vimos esa primavera y, aún con eso, tu recuerdo aparece cada vez que giro una esquina en Malasaña. Te veo en los lugares donde estuvimos y te imagino en aquellos en los que, tal vez por mi culpa, nunca llegamos a estar.

Tú siempre tan seguro de la libertad en la que te movías, siempre alardeando de no echar raíces en parcela ajena. Yo que, queriendo presumir de la misma independencia, agarraba con fuerza el escudo de la embriaguez cada vez que te enseñaba un poco de lo que tenía dentro.

Me gustaste lo suficiente como para convertir todo aquello en un juego; porque en los juegos nadie se compromete, nadie se expone, nadie duele. Y, por no arriesgar, perdí la partida que habíamos empezado sin enterarnos. Y, joder, dolió.

Con el tiempo, tú sigues enarbolando la bandera de la libertad en tu ático de Arguelles y yo sigo oscilando; aunque a veces dejo el escudo a un lado y escribo falta de excusas acerca de esa bandera, que tanto admiré, y que no era más que otra armadura con forma de alas.

Fuimos algo bueno. Aunque disfrazáramos las ganas de ironías y todos nuestros planes de viaje se quedaran en eso; planes. Ahora solo me arrepiento de aquel tren a Córdoba que no cogimos y del tiempo que perdí fuera de tu cama. De eso, y de no haber sido capaz de convencerte, una vez llegó la calma, de volver a Malasaña a tomar un café, sin escudos ni banderas.