LAPHROAIG

Me aprendí de memoria la marca de aquel whisky escocés que dijiste arreglaría todo. A veces repito sus sílabas para comprobar que siguen ahí. Las guardo como un salvoconducto. Como quien agita un pañuelo blanco por la ventanilla de su coche, deseando que sea suficiente para que le den paso.

«Si alguna vez me enfado mucho contigo, aparece con una botella de estas en la puerta de mi casa y todo se arreglará» – dijiste cuando aun no había nada que arreglar. Y solo unos minutos antes de que ya nada pudiera arreglarse. Como vaticinando lo evidente.

Me pregunto por qué me sorprende todavía.

Íbamos lanzados hacia lo inevitable. Sabíamos que corríamos hacia un muro y nos vendamos los ojos (cada uno los suyos, porque no hay lugar para culpas ya); y aceleramos el paso.

Y ahora somos dos desconocidos que se conocen bien.

Todavía, en los ratos en los que olvido el día que chocamos contra aquella pared de piedra fría, me sorprendo fotografiando tonterías que querría enseñarte. A veces sin querer, o queriendo – porque contigo nunca sé si es queriendo o sin querer –  también busco la botella que lo arreglaría todo en la sección de bebidas del supermercado.

El caso es que tengo una galería llena de fotos para ti que nunca vas a ver.  Y está bien así.

También está bien que no haya conseguido encontrar aquel whisky escocés en ninguno de los cuatro supermercados de mi barrio.

Quiero que sepas que estoy bien. Que desde que no estás duermo mejor. Que cuando cerraste la puerta, dejaste contigo mis dudas y mis sombras, y la única manera de poner mi vida a hacer piruetas (patas arriba).

Te echo a menudo de menos. Pero eso ya lo sabes.

Ojalá te vaya bien. Y ni siquiera recuerdes esa conversación estúpida. Y no te des por aludido si algún día lees esto. Ojalá nunca te hagan falta botellas de alcohol para enterrar odios. Ojalá yo olvide el nombre de mi salvoconducto. Y quedemos libres de esta guerra fría que comenzamos un atardecer de verano que fue música y vino minutos antes de ser silencio,

Metropolitano.

fotometro

Todo empezó con dos cafés con hielos,

una tarde de septiembre

hace ya demasiado tiempo

en una terraza de la estación de Metropolitano.

 

Su sonrisa prometía

todo lo que yo estuve esperando hasta el final.

Mientras tanto, yo trataba de resumir

cinco párrafos de palabras nerviosas e inconexas, 

en una frase lo suficientemente seria

que compensase lo que le decía con la mirada

(que es un medio de comunicación que nunca controlé bien).

 

Cuando acabó ese otoño,

yo seguía controlando las palabras

(sin entender muy bien por qué),

y él seguía prometiendo sin control.

 

Como iba diciendo:

todo empezó con dos cafés con hielos

una tarde de septiembre

en una terraza en la estación de Metropolitano.

 

De aquella tarde me queda el café,

que desde entonces acostumbro a tomar con hielos,

(por ese regusto amargo que da el recrearse en la nostalgia).

Todo lo demás se fue disipando, como sus promesas.

 

Hoy todas las terrazas del país están cerradas

y alguien quiso ayudarme a borrar las huellas

de lo que no fue,

porque ahora, en los planos del metro de Madrid,

ya no existe la estación de Metropolitano.

 

Escudos y banderas.

Escudos y banderas.

 

Casi cuento con los dedos de una mano las veces que nos vimos esa primavera y, aún con eso, tu recuerdo aparece cada vez que giro una esquina en Malasaña. Te veo en los lugares donde estuvimos y te imagino en aquellos en los que, tal vez por mi culpa, nunca llegamos a estar.

Tú siempre tan seguro de la libertad en la que te movías, siempre alardeando de no echar raíces en parcela ajena. Yo que, queriendo presumir de la misma independencia, agarraba con fuerza el escudo de la embriaguez cada vez que te enseñaba un poco de lo que tenía dentro.

Me gustaste lo suficiente como para convertir todo aquello en un juego; porque en los juegos nadie se compromete, nadie se expone, nadie duele. Y, por no arriesgar, perdí la partida que habíamos empezado sin enterarnos. Y, joder, dolió.

Con el tiempo, tú sigues enarbolando la bandera de la libertad en tu ático de Arguelles y yo sigo oscilando; aunque a veces dejo el escudo a un lado y escribo falta de excusas acerca de esa bandera, que tanto admiré, y que no era más que otra armadura con forma de alas.

Fuimos algo bueno. Aunque disfrazáramos las ganas de ironías y todos nuestros planes de viaje se quedaran en eso; planes. Ahora solo me arrepiento de aquel tren a Córdoba que no cogimos y del tiempo que perdí fuera de tu cama. De eso, y de no haber sido capaz de convencerte, una vez llegó la calma, de volver a Malasaña a tomar un café, sin escudos ni banderas.